– Creo… que lo que necesito es un poco de aire -murmuró ella. Aceptó la enorme y callosa mano del señor Watley y salió del coche. La cálida y brillante luz del sol y el aire fresco la reconfortaron y se estiró. Le dolían los músculos y le palpitaban las sienes por los interminables baches del camino, que las hacían saltar en los asientos de cuero, y el monótono traqueteo de las ruedas.

Se alejó varios metros, mirando por encima de los setos que bordeaban el estrecho camino de tierra y respiró profundamente, encantada con la vista. La asombrosa luminosidad de la bahía de St. Ives le dio la bienvenida. Una extensión azul que se fundía en el horizonte con el brillante índigo del Atlántico. Las gaviotas descendían sobrevolando las dunas de arena, y pasaban casi rozando las olas de crestas blancas. Los rayos dorados del sol de las primeras horas de la tarde brillaban sobre los barcos que se balanceaban cerca de la orilla esperando que los hombres sacaran las redes llenas de sardinas y que izaran las langosteras.

Cassandra respiró lenta y profundamente y cerró los ojos durante unos instantes, disfrutando del olor a sal que perfumaba la brisa veraniega. La nostalgia le hizo un nudo en la garganta, y por primera vez en diez largos años, la profunda añoranza por su amado Cornwall se suavizó un poco. Gateshead Manor en Land’s End, la casa de su infancia que no había visto durante una década, estaba sólo a dos horas de camino. Un lugar al que ansiaba y temía volver. Un lugar lleno de recuerdos, en el que pasó algunos de sus días más felices, y algunos de los más desgraciados.

El lugar en el que se vería obligada a hacer frente a un incierto futuro.

Aunque no importaba lo incierto que fuera su futuro, no podía ser peor que el pasado que había dejado atrás hacía tres semanas, cuando se escapó de la pesadilla en que se había convertido su vida.



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