¿Debería seguir y llegar hoy a Land’s End? Había planeado pasar la noche aquí, en St. Ives, pero ahora que había llegado el momento, empezaba a tener dudas. El buen juicio, el sentido común le advertían que detenerse aquí era innecesario. Temerario. Equivocado. Muy impropio. E incluso podría llegar a ser peligroso. Le advertían que el pasado no podía recuperarse. Y a pesar de todas esas advertencias, su corazón… su corazón se negaba a escuchar.

Y entonces la única pregunta que la había obsesionado durante las tres semanas de viaje volvió a susurrar en su mente: ¿estará él en la posada?

Alzó la cara para que le dieran los rayos de sol y cerró los ojos con fuerza. Sólo hay una manera de saberlo, Cassandra.

Abriendo los ojos, miró más allá del mar y dejó que los recuerdos fluyeran. Recuerdos que, después de varios minutos, disiparon sus dudas, dejando clara su elección. Durante años habían decidido por ella, sin tener en cuenta sus sentimientos. Ahora tenía la oportunidad de encontrar las respuestas que buscaba. Hacer por fin lo que quería. Lo que necesitaba.

Sólo Dios sabía cuándo volvería a tener otra oportunidad.

Y lo que ella quería, necesitaba, era detenerse en la posada Blue Seas.

¿Estará él allí? Y si está, ¿la recordará? Soltó un largo suspiro. Por supuesto que la recordará. Pero, ¿cómo? ¿Con cariño… o con indiferencia? Lo más probable es que no hubiera pensado en ella durante años. Sin duda tenía una esposa. Hijos. Una vida feliz, satisfactoria. Era probable que después de cinco minutos no supieran que decirse.

Pero algo dentro de ella insistía en que si dejaba escapar esta oportunidad, siempre lo lamentaría.

Y se había prometido a sí misma no poner más excusas.

Se decidió, enderezó la espalda y volvió al coche donde el señor Watley y Sophie la esperaban con expresión interrogante.

– Pasaremos la noche en la posada Blue Seas -dijo ella, orgullosa de lo segura y firme que sonaba su voz.



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