
– He recogido un carrete antes de las tres…
– ¿Sí?
Grace no sabía cómo decirlo.
– Había una foto que no se correspondía.
– Sintiéndolo mucho, no la entiendo.
– Una de las fotos. No la hice yo.
El hombre señaló a Max.
– Veo que tiene hijos pequeños.
– ¿Perdón?
El subdirector Bruce se reacomodó las gafas sobre el puente de la nariz.
– Sencillamente me he permitido observar que tiene hijos pequeños. O al menos, uno.
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– A veces un niño coge la cámara. Cuando el padre o la madre no mira. Saca una foto o dos. Y luego vuelve a dejar la cámara donde estaba.
– No, no es eso. Esta foto no tiene nada que ver con nosotros.
– Ya veo. Bueno, lamento las molestias. ¿Tiene todas las fotos que tomó?
– Creo que sí.
– ¿No le falta ninguna?
– No lo he comprobado, pero creo que están todas.
El hombre abrió un cajón.
– Tenga, esto es un vale. El próximo carrete le saldrá gratis. Para fotos de siete por doce centímetros. Si las quiere de diez por quince, tendrá que pagar un pequeño recargo.
Grace hizo caso omiso de la mano tendida.
– El cartel en la puerta dice que revelan todas las fotos aquí mismo.
– Exacto. -Bruce dio unas palmadas a la gran máquina situada detrás de él-. Nos las hace la vieja Betsy.
– ¿Mi carrete, pues, se reveló aquí?
– Claro.
Grace le dio el sobre de Photomat.
– ¿Podría decirme quién reveló este carrete?
– Estoy seguro de que fue un error involuntario.
– No estoy diciendo eso. Sólo quiero saber quién reveló mi carrete.
Miró el sobre.
– ¿Puedo preguntarle por qué quiere saberlo?
– ¿Fue Josh?
– Sí, pero…
– ¿Por qué se ha ido?
– ¿Perdón?
– He recogido las fotos poco antes de las tres. Cierran a las seis. Y son casi las cinco.
– ¿Y?
– Me extraña que un turno acabe entre las tres y las seis en una tienda que cierra a las seis.
