El subdirector se enderezó un poco.

– A Josh le ha surgido una urgencia familiar.

– ¿Qué clase de urgencia?

– Mire, señora… -consultó el sobre-… Lawson, lamento el error y las molestias. Estoy seguro de que una foto de otro carrete se traspapeló entre las suyas. No recuerdo que haya pasado nunca, pero nadie es perfecto. Ah, espere.

– ¿Qué pasa?

– ¿Me permite ver la fotografía en cuestión, por favor?

Grace temió que quisiera quedársela.

– No la he traído -mintió.

– ¿De qué era la foto?

– Un grupo de gente.

El hombre asintió.

– Ya veo. ¿Y esa gente estaba desnuda?

– ¿Cómo? No. ¿Por qué lo pregunta?

– Está alterada. He supuesto que la foto la había ofendido por algo.

– No, no es eso. Sólo necesito hablar con Josh. ¿Podría decirme su apellido o darme su número de teléfono?

– De ninguna manera. Pero estará aquí mañana a primera hora. Puede hablar con él entonces.

Grace decidió no protestar. Dio las gracias al hombre y se marchó. Tal vez era mejor así, pensó. Había ido hasta allí movida por un impulso. Debía tener eso en cuenta. Seguramente se había excedido en su reacción.

Jack volvería a casa al cabo de un par de horas. Se lo preguntaría entonces.


Le tocaba a Grace recoger a las niñas de la clase de natación. Eran cuatro, de ocho y nueve años, todas con una energía encantadora. Subieron al monovolumen, dos en el asiento de atrás y las otras dos en el de «atrás, atrás» de todo. Un remolino de risas y saludos acompañado del olor a pelo mojado, el suave aroma del cloro de la piscina y el chicle, el ruido de las mochilas al quitárselas, los chasquidos de los cinturones de seguridad al atárselos. Los niños no podían viajar delante -las nuevas normas de seguridad- pero a Grace, pese a la sensación de chófer o tal vez debido a ella, le gustaba llevar y traer a los niños. Éstas hablaban con entera libertad en el coche; el conductor adulto bien podría no estar atento. Pero un padre o una madre podía enterarse de muchas cosas. Podía enterarse de quién molaba, quién no, quién era popular, quién no lo era, qué profesor era realmente guay y cuál no lo era en absoluto. Podía, si escuchaba con suficiente atención, descifrar qué lugar ocupaba un hijo en la jerarquía.



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