Cambio de tema. Scott esperó un momento. Scanlon pretendía crear una ilusión óptica, con la intención de desconcertarlo o alguna tontería semejante. Y Scott no iba a caer en la trampa. Nada de lo que había «revelado» acerca de la familia de Scott lo sorprendía. Para encontrar esa información bastaba con saber pulsar unas cuantas teclas y hacer un par de llamadas.

– Por qué no me lo cuenta -contestó Scott.

– Imaginemos que usted quiere que muera alguien -dijo Scanlon.

– De acuerdo.

– Se pondría en contacto con un amigo, que conoce a un amigo, que conoce a un amigo, que me llamaría a mí.

– ¿Y a usted sólo lo conocería ese último amigo? -preguntó Scott.

– Algo así. Sólo tenía un intermediario, pero tomaba mis precauciones incluso con él. Nunca nos veíamos cara a cara. Usábamos nombres en clave. Los pagos siempre se ingresaban en cuentas extranjeras. Abría una cuenta para cada… llamémoslo transacción…, y la cerraba tras concluir la transacción. ¿Me sigue?

– No es tan complicado -dijo Scott.

– No, supongo que no. Pero, verá, últimamente nos comunicábamos por correo electrónico. Abría una cuenta de correo provisional en Hotmail o Yahoo o donde fuera, con nombres falsos. Imposible de rastrear. Pero aunque se pudiera, aunque llegara a averiguarse quién había enviado un mensaje, ¿adónde conducía? Todos se enviaban o leían en bibliotecas o lugares públicos. Estábamos totalmente a cubierto.

Scott se abstuvo de mencionar que, a pesar de esa total cobertura, había acabado con el culo en la cárcel.

– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

– A eso voy -contestó Scanlon, y Scott advirtió que iba animándose a medida que hablaba-. Antes, y cuando digo antes me refiero a hará unos ocho o diez años, lo hacíamos casi todo por teléfono público. Nunca veía el nombre escrito. Él simplemente me lo decía por teléfono.

Scanlon calló y se aseguró de que tenía toda la atención de Scott. Suavizó un poco el tono, ahora ya menos frío.



6 из 322