Rachel y él se casaron al día siguiente de la graduación con total aprobación de las respectivas familias, que se conocían de Long Island. A pesar de que los padres de ambos eran amigos, Rachel y él no se habían conocido hasta la universidad. Adam no quería tener trato con las hijas de los amigos de sus padres, así que conoció a Rachel por su cuenta, aunque supo quién era desde el primer día. Le pareció la chica perfecta para él.

Cuando se casaron lo tenían todo en común, y una vida de felicidad por delante. Rachel se quedó embarazada durante la luna de miel y en dos años tuvo dos hijos, Amanda y Jacob, que contaban ya catorce y trece años, respectivamente. El matrimonio duró cinco años. Adam estaba siempre muy ocupado con su trabajo, haciendo carrera, y volvía a casa a las tres de la mañana, tras haber ido a un concierto o alguna prueba deportiva con sus clientes y los amigos de estos; pero, a pesar de las tentaciones que lo rodeaban (y eran muchas), siempre le había sido fiel a Rachel. Sin embargo, ella se cansó de pasar las noches sola y se enamoró del pediatra de sus hijos, a quien conocía desde el instituto, y tuvo una aventura con él mientras Adam se dedicaba a ganar dinero a espuertas para la familia. Pasó a ser socio del bufete tres meses antes de que Rachel lo dejara, tras decirle que estaría perfectamente sin ella. Se llevó a los niños, los muebles, la mitad de sus ahorros y se casó con el médico en cuanto se hubo secado la tinta del certificado de divorcio. Adam seguía odiándola al cabo de diez años, y apenas podía ser educado con ella. Lo último que quería era volver a casarse y que le pasara lo mismo. Casi se había muerto de tristeza cuando Rachel se marchó con los niños.

Durante la década siguiente había evitado cualquier riesgo de relación seria saliendo con mujeres a quienes doblaba la edad y con la décima parte de su inteligencia, fáciles de encontrar en el medio en el que trabajaba. A sus cuarenta y un años salía con mujeres de veinte a veinticinco, modelos, aspirantes a actriz, fans, la clase de mujeres que rodean a las estrellas de rock y los deportistas. En la mitad de los casos apenas recordaba sus nombres. Era franco con todas, y generoso. Cuando las conocía les decía que no volvería a casarse jamás, y que lo que hacían era por pura diversión. Nunca le duraban más de un mes, como mucho.



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