– Creo que sobre todo bebiste ron y tequila, pero eso después de la botella de vino de la cena.

Habían tomado un Cháteau Haut-Brion a bordo, antes de ir a Saint Tropez a dar una vuelta por los bares y discotecas. No era muy probable que Charlie encontrase allí a la mujer perfecta, pero había muchas otras para pasar el rato.

– Y creo que la última vez que te vi en la discoteca antes de marcharme estabas bebiendo brandy -añadió.

– No me extrañaría. Para mí que lo que me deja hecho polvo es el ron. En el barco me hago alcohólico todos los años. Si bebiera tanto en Nueva York, me quedaría sin trabajo.

Adam Weiss hizo un gesto de dolor, se puso las gafas oscuras y sonrió.

– Eres una influencia espantosa para mí, Charlie, pero un gran anfitrión. ¿A qué hora llegué?

– A eso de las cinco, creo.

El tono de Charlie no denotaba ni admiración ni reproche. No juzgaba a sus amigos. Solo quería que se divirtieran, y siempre lo hacían, los tres. Adam y Gray eran los mejores amigos que había tenido jamás, y los unía un vínculo más fuerte que la simple amistad. Los tres hombres se consideraban hermanos, y habían pasado muchas cosas juntos en el transcurso de los últimos diez años.

Adam había conocido a Charlie justo después de que Rachel se divorciara de él. Rachel y él se habían conocido en segundo curso y habían ido a la facultad de derecho de Harvard juntos. Ella se licenció con summa cum laude y aprobó el examen para el título de abogada a la primera, aunque nunca había llegado a ejercer como tal. Adam tuvo que intentarlo dos veces, pero era un abogado estupendo y le había ido muy bien. Formaba parte de un bufete especializado en representar a estrellas de rock y deportistas de élite, y le encantaba su trabajo.



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