– Pues creo que anoche lo pasé muy bien -dijo Adam con una sonrisa avergonzada. -Lo último que recuerdo es estar bailando con un montón de brasileñas que no hablaban ni palabra de inglés, pero hay que ver cómo se movían. Yo bailé la samba como un poseso, y debí de tomarme como quinientas copas. Eran increíbles.

– Y tú también -replicó Charlie riéndose, y los dos volvieron la cara hacia el sol.

Se estaba bien, incluso con el dolor de cabeza de Adam. Adam era tan pendón como trabajador. En aquellos momentos era el abogado más valorado en su campo, y estaba continuamente estresado y nervioso. Tenía tres móviles y un busca y se pasaba la vida en reuniones o volando en su avión privado para ver a sus clientes. Representaba a una serie de personajes famosos, todos los cuales se metían en líos con una frecuencia preocupante, pero a Adam le encantaba lo que hacía y tenía más paciencia con sus clientes que con todos los demás, salvo con sus hijos, que lo eran todo para él. Ellos eran lo más agradable en su vida. -Creo que quedé con dos de ellas para esta noche -dijo Adam, sonriendo al recordar a las bellezas brasileñas. -No entendían ni una palabra de lo que les decía. Tendremos que volver esta noche, a ver si andan por allí.

Adam empezaba a resucitar tras dos tazas de café cuando apareció Gray, con gafas oscuras y la melena blanca alborotada, de punta. Muchas veces la llevaba así, pero parecía quedarle especialmente bien cuando se sentó gruñendo a la mesa, en bañador y una camiseta limpia pero llena de manchurrones de pintura.

– Estoy demasiado viejo para esto -dijo, aceptando agradecido una taza de café mientras abría una pequeña botella de Unterberg.

El sabor amargo le asentó el estómago tras los excesos de la noche anterior. A diferencia de Adam y Charlie, no estaba en perfecta forma física.



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