Era larguirucho y flaco y tenía aspecto de desnutrido. Cuando era un chaval parecía sacado de un cartel de niños famélicos. De mayor, simplemente estaba muy delgado. Era pintor y vivía en el West Village, donde pasaba meses enteros trabajando en cuadros intrincados, preciosos. Se las arreglaba para sobrevivir, aunque a duras penas, si vendía dos al año. Y, como Charlie, no se había casado ni tenía hijos. Gozaba de gran respeto en el mundo artístico, pero nunca había tenido éxito en el mercado. No le importaba. El dinero no significaba nada para él. Como les decía a sus amigos, lo único que le importaba era la integridad de su obra. Les ofreció un poco de Unterberg a Adam y Charlie, pero ambos torcieron el gesto y negaron con la cabeza.

– No sé cómo puedes beber eso -dijo Adam, haciendo una mueca por el olor. -Funciona, pero prefiero la resaca a beberme esa porquería.

– Es estupenda. Funciona. Quizá deberíais ponérmela por vena, si vamos a seguir bebiendo así. Siempre se me olvida lo mal que sienta. ¿Nos admitirían ya en Alcohólicos Anónimos? -dijo Gray mientras se tomaba la Unterberg de un trago, después el café y a continuación atacaba un plato de huevos.

– Eso suele pasar la segunda semana, no la primera -replicó Charlie, contento.

Le encantaba estar con sus amigos, A pesar de los excesos iniciales, solían sumirse en una rutina más tranquila tras los primeros días. No era tan terrible como lo pintaban Adam y Gray, si bien todos habían bebido y se habían divertido mucho la noche anterior, bailando con desconocidas, observando a la gente y disfrutando de la mutua compañía. Charlie siempre estaba deseando pasar aquel mes con ellos. Era el punto culminante del año, y también para sus amigos. Vivían desde meses antes expectantes, y disfrutaban de los recuerdos durante los meses siguientes. Era toda una década de viajes como aquellos, y se reían con las anécdotas de las locuras que hacían siempre que se veían.



13 из 332