– Me parece que este año nos hemos adelantado un poco, con una noche como la de ayer. Yo ya tengo el hígado tocado. Lo noto -comentó Gray con expresión de preocupación, mientras terminaba los huevos y se tomaba una tostada para acabar de asentar el estómago. Aún le martilleaba la cabeza, pero se sentía mejor con la Unterberg. Adam no podría haberse enfrentado a semejante desayuno. Era evidente que las cervezas que Gray tomaba religiosamente todos los días cuando estaba a bordo le funcionaban y, por suerte, ninguno de ellos se mareaba. -Yo soy mayor que vosotros, y si no paramos un poco, me vais a matar. O a lo mejor lo hará el baile. Joder, estoy en muy mala forma.

Gray acababa de cumplir los cincuenta, pero parecía bastante mayor que sus amigos. Charlie tenía un aspecto juvenil a pesar de sus cuarenta y tantos años, lo que le quitaba cinco o diez de encima; Adam solo tenía cuarenta y uno y se encontraba en una condición física extraordinaria. Estuviera donde estuviese, y por mucho trabajo que tuviera, iba todos los días al gimnasio. Decía que era la única forma de librarse del estrés. Gray nunca se había cuidado: dormía poco, comía menos y vivía para su trabajo. Se pasaba horas y horas ante el caballete, y no hacía otra cosa que pensar, soñar y respirar arte. No era mucho mayor que los otros dos, pero representaba su edad, sobre todo por su rebelde mata de pelo blanco. Las mujeres que conocía lo encontraban guapo y amable, al menos una temporada, hasta que pasaban de él.

A diferencia de Charlie y Adam, a Gray no se le ocurría ir detrás de las mujeres, y hacía muy pocos esfuerzos en ese sentido, por no decir ninguno. Él se movía en el mundo del arte, ajeno a todo lo demás. Como palomas mensajeras, las mujeres llegaban hasta él, y siempre había sido así. Era un auténtico imán para las mujeres que Adam llamaba neuróticas, y Gray no lo contradecía. Todas las mujeres con las que salía acababan de dejar de tomar medicación o empezaban a tomarla inmediatamente después de liarse con él.



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