Charles Harrington era un gran personaje pero al mismo tiempo llevaba a cabo su labor filantrópica calladamente, a través de la fundación, o de forma anónima siempre que podía. Era humanitario y sumamente generoso a la par que serio, pero también reconocía, entre bromas y veras, que estaba muy malcriado, y no intentaba justificar su forma de vida. Podía permitírselo, y todos los años se gastaba millones en el bienestar de los demás y una considerable cantidad en sí mismo. No estaba casado, no tenía hijos, le gustaba vivir bien y, cuando procedía, compartía gustosamente aquella vida de lujo con sus amigos.

Todos los años, sin excepción, Charlie y sus dos amigos más íntimos, Adam Weiss y Gray Hawk, pasaban el mes de agosto en su yate, navegando por el Mediterráneo, y se quedaban donde les apetecía. Llevaban diez años haciendo ese viaje, y habrían hecho casi cualquier cosa con tal de no perdérselo, porque era lo que más les gustaba en el mundo. Todos los años, el primero de agosto, así cayeran chuzos de punta, Adam y Gray iban en avión a Niza y pasaban un mes en el Blue Moon, tal como lo habían hecho en el barco anterior. Charlie solía pasar también el mes de julio en la embarcación, y a veces no volvía a Nueva York hasta mediados o finales de septiembre. Podía solucionar fácilmente los asuntos de la fundación y de sus negocios desde el barco, pero agosto estaba dedicado por completo al placer. Y aquel año no iba a ser distinto.

Charlie estaba desayunando en la cubierta de popa, mientras el yate se balanceaba suavemente, fondeado en el puerto de Saint Tropez. Había trasnochado y había vuelto a las cuatro de la mañana. A pesar de todo, se había levantado temprano, si bien sus recuerdos de la noche anterior eran un tanto borrosos. Solía pasarle cuando iba en compañía de Gray y Adam. Eran un trío tremendo, pero no le hacían daño a nadie. No tenían que rendirle cuentas a nadie, porque ninguno de los tres estaba casado y de momento tampoco tenían novia.



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