Hacía tiempo que habían llegado a un acuerdo: que estuvieran en la situación en la que estuviesen, siempre irían al barco solos, a pasar el mes como solteros, entre hombres, y a divertirse. No tenían que dar explicaciones ni poner excusas a nadie, y los tres trabajaban mucho durante el resto del año, cada cual a su manera: Charlie en sus obras de filantropía, Adam en la abogacía y Gray en su pintura. Charlie decía que se ganaban sobradamente el mes de vacaciones y que se merecían aquel viaje anual.

Dos eran solteros por decisión propia. Charlie insistía en que no era su caso. Se empeñaba en que su soltería se debía a la casualidad y a la mala suerte. También aseguraba que quería casarse, pero que aún no había encontrado a la mujer adecuada, a pesar de llevar toda la vida buscándola. Pero seguía buscando, sin parar, meticulosamente. En su juventud había estado a punto de casarse en cuatro ocasiones, y en cada una de ellas había ocurrido algo que lo había obligado a suspender la boda, muy a su pesar.

La primera mujer con la que se había prometido se acostó con su mejor amigo tres semanas antes de la boda, algo que provocó una auténtica explosión en su vida. Y, por supuesto, no le quedó más remedio que suspender la boda. Su segunda novia aceptó un trabajo en Londres inmediatamente después del compromiso. Charlie viajaba continuamente para verla; ella trabajaba en el Vogue británico y apenas tenía tiempo para estar con él, mientras Charlie la esperaba pacientemente en el apartamento que había alquilado con el propósito de pasar tiempo juntos. Dos meses antes de la boda, la chica reconoció que quería seguir trabajando y que no se veía renunciando a su profesión cuando se casaran, algo muy importante para Charlie. Él pensaba que su esposa debía quedarse en casa y tener hijos. Como no quería casarse con una mujer dedicada a su profesión, decidieron separarse, amistosamente, claro, pero supuso una gran decepción para él. Entonces tenía treinta y dos años, y seguía decidido a buscar a la mujer de sus sueños.



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