A ellas las hundía tanto como a él. Todos sus planes de casarse y tener hijos habían fallado. A los cuarenta y seis años seguía soltero, y no por su culpa, según decía. Dondequiera que se escondiera la mujer perfecta, él estaba decidido a encontrarla, y tenía la certeza de que la encontraría, tarde o temprano. Lo que no sabía era cuándo. Y, a pesar de tantas impostoras que se hacían pasar por mujeres perfectas, él era capaz de detectar los defectos imperdonables en cada ocasión. Lo único que lo consolaba era no haberse casado con quien no debía. No iba a permitir que eso ocurriera, y se sentía agradecido de que hasta la fecha no hubiera ocurrido. Siempre estaba pendiente de esos defectos, y era implacable. Sabía que la mujer adecuada tenía que estar en alguna parte, y que sencillamente aún no la había encontrado, pero que algún día daría con ella.

Se hallaba sentado con los ojos cerrados y la cara al sol, mientras dos camareras le servían el desayuno y la segunda taza de café. La noche anterior había bebido varios martinis y antes champán, pero se sentía mejor tras haber nadado un poco antes de sentarse a desayunar. Nadaba con gran energía y practicaba el surf con habilidad. En Princeton había sido capitán del equipo de natación. A pesar de su edad le encantaban los deportes. Esquiaba estupendamente, jugaba al squash en invierno y al tenis en verano. El deporte no solo contribuía a mantenerlo sano, sino que gracias a él tenía el cuerpo de un hombre mucho más joven. Era increíblemente apuesto; alto, delgado, con una cabellera rubia a la que no asomaban las escasas canas que habían aparecido en el transcurso de los años. Tenía los ojos azules y, tras un mes en el barco, estaba muy bronceado. Era un hombre extraordinariamente guapo, y, en cuestión de mujeres, las prefería rubias, altas, delgadas y aristocráticas. No solía pensar en ello, pero su madre y su hermana eran altas y rubias.



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