Sus amigos Adam y Gray no paraban de decirle que se dejara de debutantes y chicas de la alta sociedad y fuera en busca de una mujer «de verdad», cuya descripción variaba según sus respectivas versiones, pero Charlie sabía muy bien lo que quería: una mujer de buena familia, con dinero, culta e inteligente, que compartiera sus valores, sus ideales y sus orígenes aristocráticos. Para él era muy importante. Su familia se remontaba al siglo XV, en Inglaterra, su fortuna había ido acumulándose en el transcurso de muchas generaciones y, al igual que su padre y su abuelo, él había estudiado en Princeton. Su madre había acudido a la escuela de la señorita Porter y había estado en un internado europeo, como su hermana, y él quería casarse con una mujer como ellas. Era una actitud arcaica, e incluso esnob en cierto sentido, pero Charlie sabía lo que quería y lo que necesitaba. Él también era anticuado en ciertos aspectos, con unos valores muy tradicionales. Políticamente era conservador, respetable, y si de vez en cuando tenía alguna aventurilla, siempre lo hacía con educación y discreción. Era un caballero de pies a cabeza, y un hombre elegante y distinguido hasta la médula, además de atento, amable, generoso, encantador. Tenía unos modales exquisitos, y las mujeres lo adoraban. Hacía tiempo que las mujeres se lo disputaban en Nueva York y en los múltiples sitios a los que viajaba y en los que tenía amigos. Todo el mundo quería a Charlie: era imposible no quererlo.

Casarse con Charles Harrington habría sido un golpe maestro para cualquiera; pero, al igual que el apuesto príncipe del cuento de hadas, había recorrido el mundo entero en busca de la mujer adecuada, de la mujer perfecta, y solo encontraba mujeres preciosas que al principio parecían atractivas y encantadoras pero siempre tenían un defecto imperdonable que lo echaba para atrás justo antes de llegar al altar.



5 из 332