Cuando regresó de su viaje alrededor del mundo en el yate tenía veinticuatro años. Fue a la Escuela de Administración de Empresas de Columbia, donde realizó un máster y aprendió a gestionar sus inversiones y a dirigir la fundación. Se hizo adulto de la noche a la mañana y asumió todas las responsabilidades de su entorno. Jamás había defraudado a nadie. Sabía que ni sus padres ni Ellen lo habían abandonado a propósito, pero se había quedado solo en el mundo, sin familia, a muy temprana edad. Gozaba de extraordinarias ventajas en lo material, y de unos cuantos amigos muy bien elegidos, pero sabía que hasta que encontrase a la mujer apropiada para él estaría solo en muchos aspectos. No pensaba conformarse con menos de lo que creía merecer, una mujer como su madre y como Ellen, una mujer que lo apoyara hasta el final. No reconocía el hecho de que lo hubieran dejado solo y aterrorizado, o al menos no con frecuencia. No había sido culpa de ellos, sino del maldito destino. Por eso era tan importante encontrar a la mujer apropiada, con la que pudiera contar en todo momento, que fuera una buena madre para sus hijos, una mujer casi perfecta en todos los sentidos. Tenía una importancia vital para él, y merecía la pena esperar,

– ¡Ay, Dios! -oyó gemir a alguien a sus espaldas en la cubierta.

Se echó a reír al oír aquella voz. Abrió los ojos y vio a Adam en pantalones cortos blancos y camiseta azul claro sentándose a la mesa, frente a él. Una camarera le sirvió una taza de café muy cargado, y Adam tomó varios sorbos antes de decir algo más.

– Pero ¿qué demonios bebí anoche? Creo que me han envenenado.

Tenía el pelo oscuro, los ojos casi del color del ébano, y no se había molestado en afeitarse. Era de complexión mediana, hombros anchos y facciones duras. No era un hombre apuesto como Charlie, pero sí inteligente, divertido y atractivo, y a las mujeres les encantaba. Lo que le faltaba de actor de cine lo compensaba con inteligencia, poder y dinero. Había ganado mucho durante los últimos años.



8 из 332