
Vaya, el banquero había hecho los deberes. Seguro que podía calcular, hasta el último penique, cuánto habían ganado en el último ejercicio fiscal. Incluso en la última semana.
– El sector del comercio ha tenido dificultades en todas partes -replicó ella.
– Ya lo sé -contestó él, pareciendo incluso simpático-, pero me da la impresión de que Claibourne & Farraday está encantado en su papel de parecer los grandes almacenes más lujosos de Londres.
– Y lo son -declaró ella-. Puede que no sean los más grandes, pero tienen su propio estilo. Y es la tienda más acogedora de la ciudad.
– ¿Acogedora? Querrá decir anticuada, aburrida y carente de ideas nuevas.
Romana se estremeció con la descripción. Deberían sentarse juntos y lamentarse de la negativa de su padre a modernizarse, a renunciar a la decoración de madera y alfombra roja del siglo pasado. Pero no le iba a contar eso a Niall Macaulay.
– ¿Y tiene usted ideas nuevas? -le preguntó.
– Por supuesto que tenemos planes -contestó él, como si no pudiera ser de otra manera.
Con su camisa oscura abotonada hasta el cuello, y ningún asomo de pasión tras sus ojos grises de banquero, ¿qué creía que podía aportar a los mejores grandes almacenes de Londres?
– No he dicho planes. He dicho «ideas» -replicó ella-. Es totalmente distinto. Puede tener planeado vendernos a una gran cadena y dejarse de problemas, limitarse a recibir miles de millones que llevarse a su banco. Y como ustedes tienen la mayoría de las acciones, no podríamos hacer nada para impedírselo.
– Romana -dijo una voz a través del intercomunicador-, siento interrumpir, pero tienes que marcharte ahora mismo.
Niall Macaulay miró su reloj.
– Faltan cinco minutos para su próxima cita -dijo.
Cinco minutos eternos, pensó Romana.
– Lo siento, señor Macaulay. Ha sido fascinante intercambiar opiniones con usted, pero tengo que marcharme a ocuparme de mis asuntos en Claibourne & Farraday. Lo dejo con mi secretaria para que le diga a ella cuándo puede dedicarle algo de tiempo a la tienda, y yo me ajustaré a su horario.
