Sin darle ocasión de hacer ningún comentario, Romana recogió sus bolsas y sin molestarse a esperar el ascensor se encaminó a las escaleras.

¿«Dedicarle algo de tiempo»? No estaba dispuesto a que una muchachita como aquella se saliera con la suya de esa manera. Era ella la que no se tomaba el asunto con la seriedad que merecía, y estaba dispuesto a demostrarlo. Recogió su abrigo y su paraguas y fue tras ella.

– ¿Señorita Claibourne?

El portero uniformado de la entrada principal había parado un taxi y estaba sujetando la puerta. Ella entró. Tenía prisa y no necesitaba otra dosis de Niall Macaulay. Obviamente la había seguido escaleras abajo. Entonces, por educación, le preguntó:

– ¿Puedo dejarlo en algún sitio, señor Macaulay?

– No -respondió él.

El alivio de Romana duró sólo hasta que Niall se colocó a su lado en el taxi.

– Yo voy donde usted vaya, señorita Claibourne. Cuando dije que iba a invertir algo de tiempo en supervisar su trabajo, no me refería a alguna ocasión concertada previamente. Me refería a ahora.

– ¿Ahora? -repitió ella estúpidamente-. ¿Se refiere a este preciso instante?

Romana se rió con una risa forzada, deseando que se tratara de una broma. Él no se rió con ella. No podía ser de otra manera: ese hombre no bromeaba.

– Discúlpeme -dijo, deseando parecer sincera-. Había entendido que tenía un banco que dirigir y estaba muy ocupado. Supongo que preferirá no implicarse en todas mis actividades -ni siquiera ella deseaba tal cosa ese día.

Seguro que él pensaba que estaba escondiendo algo. Romana se sintió tentada de decir que sí y dejar que él averiguara por sí mismo la razón, pero no sería un buen comienzo.

– Confíe en mí, hoy no es un buen día para ser mi sombra.

– Confíe usted en mí cuando le digo que yo creo que sí. Si no estoy con usted todo el rato, ¿cómo voy a aprender?



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