
Roanna se estaba calmando, sus sollozos fueron disminuyendo hasta convertirse en ocasionales hipidos. Su cabecita rebotaba contra su clavícula, cuando, sin levantar la vista, se restregaba la cara con su pañuelo. La sentía frágil contra sus fuertes brazos adolescentes, sus huesos no más pesados que palillos y su espalda apenas medía veinticinco centímetros de anchura. Roanna era delgaducha, toda larguiruchos brazos y piernas, y bajita para su edad. Siguió reconfortándola mientras Jessie mantenía una sufrida expresión, y de vez en cuando un sesgado ojo lloroso asomaba desde la seguridad de su hombro.
– La Abuela ha dicho que Jessie y yo también viviremos aquí-, dijo ella.
– Bueno, por supuesto-, contestó Jessie, como si hacerlo en cualquier otro sitio fuese inaceptable. -¿Dónde sino iba a vivir? Pero si yo fuese ellos, te mandaría al orfanato.
Las lágrimas brotaron de nuevo de ese único ojo visible y Roanna rápidamente volvió a enterrar su cara en el hombro de Webb. El miró enfurecido a Jessie, y ella, sonrojándose, miró hacia otro lado. Jessie era una consentida. Últimamente, al menos la mitad del tiempo pensaba que necesitaba unos buenos azotes. La otra mitad se sentía hechizado por esas nuevas curvas que habían aparecido en su cuerpo. Ella lo sabia, claro. Una vez este verano, cuando estaban nadando, había dejado que el tirante de su bañador se le deslizara por el brazo, mostrando la parte superior de su pecho, casi hasta el pezón. El cuerpo de Webb había reaccionado inmediatamente con toda la intensidad de su emergente adolescencia, sin poder desviar la mirada. Simplemente se quedó allí parado, dando gracias a Dios de que el agua le cubriese más arriba de la cintura, pero el resto de él que el agua no cubría, se tiñó de un rojo intenso en una combinación de vergüenza, excitación y frustración.
Pero es que era preciosa. Dios, Jessie era preciosa. Parecía una princesa, con su negra y lisacabellera y sus ojos azul oscuro. Sus facciones eran perfectas y su piel impecable. Y ahora iba a vivir aquí, en Davencourt con Tía Lucinda… y con él.
