
Pero a mitad de camino, el nudo de tristeza que oprimía su pecho se desató, y empezó a sollozar. Webb la vio venir, y su expresión cambió. Soltó la mano de Jessie y abrió los brazos a Roanna. Ella se arrojó sobre su regazo, haciendo que el columpio se balanceara. Jessie dijo con aspereza, -Roanna, estás hecha un desastre. Ve a sonarte la nariz.
Pero Webb dijo, -Toma mi pañuelo-, y el mismo le limpio la cara a Roanna. Después de eso se limitó a sujetarla, con su carita enterrada en su hombro, mientras ella sollozaba tan violentamente que todo su cuerpecito se estremecía.
– Oh, Dios-, dijo Jessie con repugnancia.
– Cállate-, le contestó Webb, abrazando a Roanna con fuerza. -Ha perdido a sus padres.
– Bueno, yo también he perdido a mi madre-, replicó Jessie. Y no me ves berreando encima de todo el mundo.
– Sólo tiene siete años-, dijo Webb mientras alisaba las despeinadas greñas de Roanna. La mayoría del tiempo era un engorro, siempre detrás de sus primos mayores, pero era una niña pequeña, y pensó que Jessie podría ser más simpática. El sol del atardecer se deslizaba a través del césped y de los árboles, reflejándose en el pelo de Roanna, realzando su lustroso color castaño y haciendo que los mechones destellasen con matices dorados y rojizos. A primera hora de la tarde habían enterrado a tres miembros de su familia, los padres de Roanna y la madre de Jessie. Pensó, que quien más había sufrido había sido Tía Lucinda, ya que había perdido a dos de sus hijos a la vez: David, el padre de Roanna y a Janet, la madre de Jessie. La inmensa carga del dolor la había abatido estos tres últimos días, pero no la había quebrado. Seguía siendo el pilar de la familia, brindando sus fuerzas a los demás.
