
Roanna, la única otra descendiente directa, ni siguiera fue considerada. Por un lado, sólo tenía siete años, y por otro era totalmente indisciplinada. No es que fuese exactamente desobediente, pero tenía un evidente talento para crear desastres. Sí había un charco de barro en un radio de un kilómetro, de alguna manera Roanna se las apañaría para caerse en él -pero sólo si llevaba puesto su mejor vestido. Sí se ponía sus caras zapatillas nuevas, accidentalmente pisaría una boñiga de caballo. Constantemente se caía, o volcaba algo, o derramaba cualquier cosa que estuviese en sus manos o cerca de ella. Aparentemente, el único talento que tenía, era la afinidad con los caballos. A los ojos de Tía Lucinda eso era un enorme punto a su favor, ya que ella, también, amaba a los animales, pero desafortunadamente eso no hacía que Roanna fuese más aceptable para el papel de heredera universal.
Davencourt iba a ser de él, Davencourt y todas sus vastas propiedades. Webb levantó la vista hacía la inmensa mansión blanca, asentada como una corona en medio del exuberante terciopelo verde del césped. Profundas y amplias galerías rodeaban totalmente la casa, en ambos pisos, las verjas decoradas con un forjado de hierro. Seis enormes columnas blancas enmarcaban el pórtico delantero, donde el porche se ensanchaba para formar la entrada. La casa tenía un aire de elegancia y confort, transmitida por la fresca sombra prometida por las galerías y por la ventilada amplitud indicada por la enorme extensión de ventanas. Dobles puertaventanas francesas adornaban cada dormitorio del piso superior, y una ventana de estilo Palladio se curvaba majestuosamente sobre la entrada principal.
Davencourt tenía una antigüedad de ciento veinte años, construido en la década de antes de la guerra civil.
