
Pero ahora, con ambos hijos fallecidos, Tía Lucinda tenía que asegurar las propiedades familiares. No se trataba solamente de Davencourt, la joya central; se trataba también de acciones y de bonos, de bienes inmuebles, fábricas, explotaciones madereras y mineras, bancos, e incluso restaurantes. La totalidad de las empresas de los Davenport requerían de una mente despierta para entenderlo de modo global y un cierto toque de crueldad para supervisarlo.
Webb solo tenía catorce años, pero a la mañana siguiente de la larga conversación mantenida a medianoche con su Tía Lucinda, ella había hecho pasar al estudio al abogado de la familia, cerrado la puerta, y designado a Webb como manifiesto heredero. Era un Tallant, no un Davenport, pero era el nieto de su adorado hermano, y ella misma había sido una Tallant, así que desde su punto de vista eso no era un gran impedimento. Tal vez porque Jessie había encajado ese enorme golpe a tan temprana edad, Tía Lucinda siempre había mostrado una clara preferencia hacia ella por encima de Roanna, pero el amor de Tía Lucinda no era ciego. Aún cuando hubiese deseado que fuera de otra forma, sabía que Jessie era demasiado volátil para tomar las riendas de una empresa tan inmensa; si se le diera el control, Jessie arruinaría a la familia cinco años después de llegar a su mayoría de edad.
