
La familia sufriría un ataque colectivo de ira si supieran lo de él. ¡La familia! Suspiró. Seruna Davenport había regido su vida desde el día en que nació. No todo había sido malo. Adoraba la ropa y las joyas, el lujo de Davencourt, las escuelas prestigiosas y el total esnobismo de todo ello. Pero las normas de comportamiento la irritaban; a veces deseaba hacer algo salvaje, simplemente por hacerlo. Quería conducir rápido, saltar muros demasiado altos, quería…esto. Lo escabroso, lo peligroso, lo prohibido. Le volvía loca la forma en que desgarraba su cara y delicada ropa interior de seda en su afán por tocarla. Eso simbolizaba perfectamente todo lo que deseaba en esta vida, tanto el lujo como el peligro.
Sin embargo, no era eso lo que la familia quería para ella. Se suponía que se casaría con el Heredero, como lo llamaba para si, y que asumiría su papel en la sociedad de Colbert County, asistiendo a almuerzos en el club de yates, a interminables cenas de negocios y de política, y cumpliendo con su deber de producir un par de pequeños herederos.
Ella no quería casarse con el Heredero. Lo que ella quería era esto, esta ardiente y temeraria excitación, la emoción de saber que coqueteaba con lo prohibido.
Bajó la mano por su cuerpo, deslizando sus dedos por la mata de vello púbico que rodeaba su pene. Tal y como esperaba, él se movió, despertándose, al igual que su sexo. Soltó una áspera y sonora carcajada mientras se incorporaba, aplastándola sobre la manta y acomodándose encima de ella.
“Eres la zorrita más insaciable que me he follado nunca,” dijo y la penetró con rudeza.
Ella se estremeció, más por la deliberada crudeza de sus palabras que por la fuerza de su embestida. Aun estaba mojada de la última vez, así que su cuerpo le aceptó fácilmente. Pero parecía que le gustaba decir cosas que sabía que la herían, mirándola con ojos entornados mientras observaba su reacción. Sabía por que lo hacía, pensó, y lo perdonaba. Sabía que no se sentía del todo cómodo siendo su amante, era muy consciente del abismo social que existía entre ambos, y esta era su manera de arrastrarla a su nivel. Pero no hacía falta que la hiciera descender, pensó; ella lo haría ascender.
