
Ciñó sus muslos alrededor de sus caderas, aminorando sus embestidas para poder contárselo antes de que el creciente ardor en sus entrañas la hiciese olvidar lo que quería decir. “Casémonos la semana que viene. No me importa que no sea una gran boda, podemos fugarnos si…”
El se detuvo, bajando sus centelleantes ojos azules hacia ella. -¿Casarnos?-, le preguntó y se echó a reír. -¿De dónde has sacado esa idea tan estúpida? Ya estoy casado-.
Volvió a embestirla. Ella permaneció tumbada bajo él, entumecida por el shock. Una ligera brisa movía las hojas por encima de su cabeza, y la luz del sol penetraba a través de ellas, cegándola. ¿Casado? Lo admitía, no sabia mucho sobre él ni sobre su familia, solo que no eran respetables, ¿pero una esposa?
El dolor y la ira la invadieron, y lo golpeó, cruzándole la cara con la mano. El le devolvió la bofetada y la agarró por las muñecas, sujetándoselas contra el suelo a ambos lados de la cabeza. -Maldita sea, ¿qué pasa contigo?-, estalló, con la furia ardiendo en sus ojos.
Ella luchaba contra él, tratando de quitárselo de encima, pero era demasiado pesado. Las lágrimas le escocían en los ojos y empezaron a deslizarse por sus sienes hacia el pelo. Su presencia dentro de ella se le hizo repentinamente insoportable, y cada embestida parecía rasparla como una lima oxidada. En el paroxismo de su dolor, pensó que se moriría si él continuaba. -¡Mentiroso!-, chilló, intentando liberar sus manos. -¡Tramposo! ¡Sal de mí! ¡Vete… vete a follarte a tu esposa!
– No me deja-, jadeó el, embistiéndola repetidamente con una expresión de cruel placer ante su forcejeo para escapar. -Acaba de tener un crío.
