Había sido una suerte para él que ella estuviera buscando una ruta de escape en aquellos momentos. Pero el tiro le había salido por la culata. Cuando Bram Gifford se inclinó hacia ella para poder mirar mejor por la ventanilla, la vocecita interior que le advertía de que estaba siendo utilizada subió de volumen.

Estaba siendo utilizada por todo el mundo. Lo único que había cambiado era su habilidad para ver las cosas tal como eran y para asegurarse de no salir malparado de todo aquello.

– ¿Vamos a subir ahí arriba? -preguntó Bram antes de volverse hacia ella. Flora se fijó en sus ojos color castaño claro, cálidos y atractivos, que se arrugaban en los bordes cuando sonreía-. ¿No te asustan las serpientes y las arañas?

¡Por Dios santo! ¿Acaso parecía la típica mojigata? Los ojos de Bram perdieron su encanto al instante. -Según mi experiencia, las serpientes y las arañas tienen más motivos para asustarse de mí que yo de ellas -replicó Flora con total naturalidad. Había visto en acción a los hombres más expertos en el flirteo, pero sólo se había dejado atrapar una vez. Aprendía rápido, y haría falta un poco más que «yo Tarzán, tú Jane» para impresionarla-. Hay cosas mucho más desagradables en el mundo que los artrópodos -añadió.

Bram, que esperaba el típico estremecimiento de horror, asintió brevemente. Pocas mujeres de las que conocía habrían resistido la oportunidad de gritar un poco para alimentar su ego de «hombre fuerte». Y ninguna habría utilizado la palabra «artrópodo». Pero él era el primero en admitir que lo que más le interesaba de ellas no era precisamente su cociente intelectual.

Y tras haberlo puesto en su sitio, era evidente que Flora tampoco esperaba un cumplido por su valor. Estaba dejándole bien claro que no le importaba lo que pensara.



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