
Capítulo Uno
– ¿Saraminda? -Bram Gifford tomó el fax de manos de su secretaria-. ¿No es una isla perdida en medio de la nada, con un vuelo a la semana si el piloto está sobrio?
– No. Según lo que he encontrado en Internet, Saraminda es un paraíso por descubrir. Tratan de venderla como el último grito para pasar unas vacaciones de lujo.
– El paraíso está sobrevalorado. Suele ir inevitablemente acompañado de una serpiente -Bram lo sabía por experiencia. Aún tenía las cicatrices para demostrarlo-. Además, no pueden ser unas vacaciones de lujo si Flora Claibourne está incluida en el paquete. ¿Y qué proyecto relacionado con el trabajo podría implicar pasar un par de semanas en ese dudoso paraíso?
– Puede que las Claibourne se estén planteando la posibilidad de abrir en la isla una sucursal para vender bañadores y gafas de diseño a los turistas ricos.
Bram hizo una mueca.
– Ojalá se trate de eso. Tal nivel de incompetencia sería un regalo.
– Lo dudo. Nada de lo que he oído sobre las chicas Claibourne sugiere que sean unas incompetentes. Lo más probable es que Flora vaya a echar una vistazo a esa «princesa perdida» que han encontrado en una minas del interior de la isla, cubierta de oro, jade, perlas y Dios sabe qué más cosas -la secretaria alcanzó a Bram una hoja con la información que había obtenido del departamento de turismo de la isla-. Flora Claibourne diseña unas joyas maravillosas en exclusiva para los grandes almacenes.
– ¿Y?
– Puede que esté buscando inspiración.
Bram dejó la hoja en el escritorio.
– Lo más probable es que sea una treta de las hermanas para mantenerme alejado mientras sus abogados se dedican a perder el tiempo buscando algún modo de impedir que las desplacemos.
– Puede que sí, pero tienes que supervisar su trabajo de todos modos, y creo que esto puede ser mucho más entretenido que seguirla durante un mes por unos grandes almacenes. No te vendrían mal unas vacaciones.
