– No serán unas vacaciones.

– Estoy segura de que no será tan malo como piensas. Tenéis mucho en común.

– Sí, los dos queremos obtener el control sobre los grandes almacenes -replicó Bram en tono irónico.

– ¿Es guapa? Sus hermanas lo son, pero nunca he visto una foto de Flora.

Bram alcanzó a su secretaria una copia de Ashanti Gold. El libro había logrado convertirse en un éxito de ventas a pesar de no ser una obra de ficción.

– Su foto está en la contraportada.

La secretaria contempló un momento la foto.

– Supongo que no se puede tener todo. Estarás en el paraíso; conseguir a Eva ya sería mucho pedir. Tendrás que relajarte, cerrar los ojos y recordar cuánto deseas echar el guante a esos grandes almacenes.

– ¿No tienes algo importante que hacer? -preguntó Bram, irritado.

– Sí, pero esto es más interesante. Voy a preparar café.

Una vez a solas, Bram sacó su cartera. Oculta donde nadie pudiera verla había una foto de un niño pequeño con su osito de peluche. Se quedó mirándola un momento. Luego, a punto de volver a guardarla donde estaba, decidió ponerla en el lugar destinado a tales tesoros en la cartera.

Aquella foto era el recuerdo de que una vez, cuando aún era lo suficientemente joven como para creer en aquel concepto, pensó que había encontrado el paraíso. Mordió la manzana y se encontró con la serpiente.


– ¿Que has hecho qué?

– No me mires así, Flora Claibourne. Sabes muy bien que Bram Gifford iba a supervisar tu trabajo durante el mes de mayo. Te pedí que retrasaras tu viaje, pero no hiciste caso.

Había sido una cuestión de supervivencia, pero Flora sospechaba que su hermana no aceptaría una excusa como aquélla, de manera que alegó otra causa.

– No puedo retrasar una invitación del gobierno de Saraminda hasta que sea más conveniente para ti, India. Puede que aquí seas muy importante, pero no creo que allí hayan oído hablar de Claibourne & Farraday.



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