– Tonterías.

– No te ha hecho ni caso.

Liska frunció los labios en un mohín.

– Es homosexual.

– Claro.

Permanecieron en silencio durante algunos minutos mientras los limpiaparabrisas barrían la nieve que caía. Mike Fallon estaba sentado en un rincón del asiento trasero, apestando a orina y roncando.

– Has trabajado con él, ¿eh? -constató Liska, refiriéndose a su pasajero.

– Todo el mundo trabajaba con Iron Mike cuando entré en el cuerpo. Era el veterano por excelencia, siempre más allá del cumplimiento del deber. Siempre decía que hacía las cosas porque lo correcto era hacerlas, que en eso consistía ser policía. Y un día van y le meten un balazo en la columna vertebral. Eso nunca le pasa a los putos pasotas que se limitan a hacer horas hasta que les llegue el momento de jubilarse.

– La justicia no existe.

– Menudo notición. Al menos pilló al que le disparó.

– El caso Thorne.

– ¿Lo recuerdas?

– Era una niña en esa época, Matusalén.

– ¿Hace veinte años? -se mofó Kovac-. Seguro que estabas muy ocupada montándotelo con el capitán del equipo de fútbol.

– Con el restador -lo corrigió Liska-. Y permíteme que te diga que no lo llamaban el Manos porque sí.

– Joder -masculló Kovac, conteniendo a duras penas la sonrisa-. Tinks, eres la hostia.

– Alguien tiene que alegrarte un poco la existencia. No puedes pasarte toda la vida de morros.

– Mira quién habla.

– Bueno, háblame del caso Thorne.

– Bill Thorne era policía; patrulló las calles durante años. Yo no lo conocía, porque acababa de llegar al cuerpo. Vivía en un barrio cerca del instituto West, donde en aquella época vivían muchos polis. Un día, mientras patrullaba por la zona, Mike vio algo raro en casa de Thorne, avisó por radio y se dirigió a la casa.

– Debería haber esperado los refuerzos.

– Sí, señora, cometió un error de los gordos. Pero el coche de Thorne estaba aparcado delante de la casa, y en el barrio vivían un montón de policías.



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