– Deberían ahorcar al cabrón que se inventó esta mierda -refunfuñó Sam Kovac mientras sacaba un chicle de nicotina de un arrugado paquete de papel de aluminio.

– ¿Te refieres al chicle o al envoltorio?

– Las dos cosas. Por un lado, no puedo ni abrir el puto paquete, y por otro, preferiría masticar un cagarro de perro que estos chicles.

– ¿Y crees que tendría un sabor distinto de los cigarrillos? -quiso saber Nikki Liska.

Se abrieron paso entre la gente que llenaba el espacioso vestíbulo blanco. Policías que salían a fumar un cigarrillo, policías que entraban después de fumarse el cigarrillo y algún que otro ciudadano deseoso de obtener algún servicio a cambio de los impuestos que pagaba.

Kovac la miró de soslayo con el ceño fruncido. Liska medía metro sesenta gracias a un supremo esfuerzo de voluntad. Kovac siempre había supuesto que Dios la había hecho bajita porque si le hubiera concedido la estatura de Janet Reno se habría merendado el mundo de tanta energía y chulería que tenía.

– ¿Y tú qué sabes? -la desafió.

– Mi ex fumaba y a veces incluso lamía los ceniceros. Por eso nos divorciamos, ¿sabes? Porque me negaba a meterle la lengua en la boca.

– Por el amor de Dios, Tinks, no necesitaba tantos detalles.

Era el quien le había puesto ese mote, Campanilla atiborrada de esteroides, o Tinks

Liska se abrió paso entre dos agentes uniformados de aspecto nervioso que bloqueaban la puerta de la sala 126, la oficina de Asuntos Internos.

– Pues eso era lo de menos -prosiguió, refiriéndose a su ex marido-. Más me preocupaba dónde metía la polla.

Kovac emitió un gruñido ahogado e hizo una mueca. Liska le dedicó una sonrisa traviesa y triunfal.

– Se llamaba Brandi.

Las oficinas del Departamento de Investigación Criminal estaban recién reformadas, con las paredes pintadas de color sangre seca. Kovac no sabía si la elección había sido intencionada o tan solo consecuencia de la moda. Probablemente esto último. Ningún otro detalle del lugar había sido diseñado teniendo en cuenta que en él trabajaban policías. Los cubículos angostos y grises con cabida para dos personas bien podrían haber albergado a un montón de contables.



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