
Kovac prefería el antro provisional que les habían asignado durante la reforma, una sala sucia y destartalada con mesas destartaladas y policías destartalados que sufrían migrañas a causa de los crueles fluorescentes. Toda la sección de Homicidios se hacinaba en una sola habitación, Atracos a medio pasillo y la mitad de los polis de Delitos Sexuales en un trastero. Menudo ambientazo.
– ¿Qué hay del asalto a Nixon?
La voz que pronunció aquellas palabras hizo que Kovac se detuviera en seco como si lo hubieran agarrado por el cuello de la camisa. Masticó con más fuerza el chicle de nicotina mientras Liska seguía caminando.
Nuevas oficinas, nuevo teniente, nuevo coñazo. La oficina del teniente de Homicidios tenía una puerta giratoria de estilo figurativo. Era un alto en el camino para todo jefe trepa que se preciara. Al menos el nuevo, Leonard, les permitía trabajar de nuevo por parejas, a diferencia del anterior, que los torturaba con no se sabía qué mierda de trabajo en equipo y horarios rotatorios que no les dejaban dormir más de un par de horas seguidas.
Por supuesto, ello no significaba que no fuera un cabrón.
– Veremos -repuso Kovac-. Elwood acaba de traer a un tío que le parece sospechoso del asesinato de Truman.
Leonard se ruborizó intensamente. Poseía la clase de tez que se ruborizaba con extrema facilidad, además del cabello casi blanco y muy corto que le cubría el cráneo como pelusa de pato.
– ¿Qué narices hace trabajando en el caso Truman? ¿Cuándo fue eso? ¿Hace una semana? Pero si desde entonces está metido hasta las cejas en asaltos.
En aquel instante, Liska retrocedió hasta ellos con su mejor cara de policía.
