
Robert Charles Wilson
Spin
4 x 10 9 d. C.
Todo el mundo cae, y todos aterrizamos en algún lado.
Así que alquilamos una habitación en el tercer piso de un hotel de estilo colonial en Padang, donde pasaríamos desapercibidos durante un tiempo.
Novecientos euros por noche nos compraron privacidad y una vista del océano índico desde la terraza. Durante los días despejados, y ésos no escasearon durante los últimos días, podíamos ver la parte más cercana del Arco: una línea vertical del color de las nubes que se alzaba desde el horizonte y desaparecía, todavía en ascenso, en una neblina azul. Por impresionante que pareciera, desde la costa oeste de Sumatra sólo una fracción de toda la estructura era visible. El otro extremo del Arco descendía sobre las cimas submarinas de la cordillera Carpenter, a más de mil kilómetros de distancia, pasando por encima de la fosa de las Mentawai como una diadema nupcial que descansara, puesta hacia arriba, sobre un charco poco profundo. Sobre tierra firme, hubiera ido desde Bombay en la costa este de la India hasta Madras en la costa oeste. O, más o menos, de Nueva York a Chicago.
Diane había pasado la mayor parte de la tarde en la terraza, sudando a la sombra de una desteñida sombrilla a rayas. La vista le fascinaba, y me sentía aliviado y agradecido porque así fuera; de que después de todo lo que había ocurrido, aún fuera capaz de encontrar placer en algo así.
Me uní a ella al ocaso. La puesta del sol era el mejor momento. Un carguero que bajaba por la costa en dirección al puerto de Teluk Bayur se convirtió en un collar de luces en la oscuridad cercana a la costa, deslizándose sin esfuerzo. El extremo más cercano del Arco brillaba como un clavo rojo y pulido que sujetara el cielo al mar. Observamos cómo la sombra de la Tierra trepaba por la columna mientras se oscurecía la ciudad.
