Era una tecnología, según la famosa cita, «indistinguible de la magia». ¿Qué otra cosa sino magia permitiría el flujo ininterrumpido de aire y mar desde la bahía de Bengala al océano índico, pero que a su vez transportaría a un navío de superficie a puertos aún más extraños? ¿Qué milagro de la ingeniería permitía a una estructura de un millar de kilómetros de radio sostener su propio peso? ¿De qué estaba hecho, y cómo hacía lo que hacía?

Quizá sólo Jason Lawton podría haber respondido a esas preguntas. Pero Jason no estaba con nosotros.

Diane se enderezó en la tumbona; su vestido amarillo y su cómicamente amplio sombrero de paja habían quedado reducidos por la oscuridad que se acumulaba a geometrías de sombras. Su piel era clara, tersa, de un color avellana, sus ojos captaron la luz postrera de manera encantadora, pero su expresión seguía siendo de preocupación. Eso no había cambiado.

Alzó la vista en mi dirección.

—Llevas todo el día inquieto.

—Estoy pensando en escribir algo —dije—. Antes de que empiece. Una especie de memorias.

—¿Tienes miedo de lo que puedas perder? Pero ese miedo es irracional. No es como si se te fuera a borrar la memoria.

No, no me la borraría; pero existía la posibilidad de que quedara borrosa, desenfocada, deformada. Los otros efectos secundarios de la droga eran temporales y soportables, pero la posibilidad de una pérdida de memoria me aterrorizaba.

—De todas formas —dijo ella—, las probabilidades están a tu favor. Lo sabes mejor que nadie. Hay un riesgo… pero es sólo un riesgo, y uno muy bajo.

Y si le ocurriera a ella, en ese caso puede que entonces fuera una bendición.

—Aun así—dije—. Me sentiré mejor si escribo algo.

—Si no quieres seguir adelante con esto, no tienes por qué hacerlo. Ya sabrás cuando estés preparado.

—No. Quiero hacerlo. —O eso me dije a mí mismo.

—Entonces hay que empezar esta noche.



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