
La señora Lawton, la madre de los gemelos, me abrió la puerta, me miró con expresión ausente y me hizo una seña hacia el piso de arriba. Diane seguía durmiendo, la puerta de su cuarto estaba cerrada. Jason no había dormido y, por lo que parecía, no planeaba hacerlo. Lo encontré en su cuarto atento a una radio de onda corta.
La habitación de Jason era una cueva de Aladino llena de lujos que envidiaba pero que había asumido que no tendría: un ordenador con una conexión ultrarrápida a internet, una televisión de segunda mano que era dos veces mayor que la que había en la sala de estar de mi casa.
—La luna ha desaparecido —le dije por si no había oído la noticia.
—Interesante, ¿no? —Jase se levantó y se estiró, pasándose los dedos por el pelo despeinado. No se había cambiado de ropa desde la noche pasada. Ese tipo de descuido no era propio de él. Jason, aunque era un genio según decía todo el mundo, jamás se había comportado como uno en mi presencia… es decir, no actuaba como los genios que había visto en las películas; no bizqueaba, tartamudeaba o escribía ecuaciones en las paredes. Hoy, sin embargo, parecía completamente distraído—. La luna no ha desaparecido, por supuesto, ¿cómo podría? Según la radio, en la costa atlántica se están registrando las mareas normales. Así que la luna sigue ahí. Y si la luna sigue ahí, entonces también siguen las estrellas.
—Y entonces, ¿por qué no podemos verlas?
Me dedicó una mirada irritada.
—Y yo qué sé. Todo lo que digo es que se trata, al menos en parte, de un fenómeno óptico.
—Mira por la ventana, Jase. Brilla el sol. ¿Qué tipo de ilusión óptica deja que pase el sol pero oculta las estrellas y la luna?
