Taryn recordó cómo había empezado el día. Había sido la primera en llegar a la oficina. Su vida doméstica no era tan armónica como le habría gustado y a veces salía temprano hacia el trabajo, como también solía quedarse hasta tarde en Mellor Engineering.

Esa mañana, cuando Brian llegó, parecía algo distraído. Ella no había dicho nada. Repasó el correo con él y volvió a su despacho. Sin embargo, lo observó. Durante toda la mañana, cuando coincidieron, estuvo descontento por algo, aunque él tampoco dijo nada.

Cerca de las cuatro de la tarde, ella fue a su despacho y volvió a ver su expresión sombría.

– ¿Qué pasa, Brian? -le preguntó con delicadeza.

– Nada… -contestó él, pero después se levantó y añadió-: Ya no puedo más.

– Brian… cariño…

Ella había pensado muchas veces decirlo, pero nunca lo había hecho y esa vez no pudo evitarlo.

– Taryn… -susurró él con tono desdichado.

Entonces, antes de que ella pudiera imaginarse lo que iba a hacer, Brian la abrazó, casi como si necesitara oír una palabra cariñosa. Taryn, perpleja por lo repentino de su gesto, se quedó paralizada. Luego se dio cuenta de que, quizá, instintivamente, también lo hubiera abrazado. Fuera como fuese, él debió de sentirse estimulado porque lo siguiente que notó ella fue que Brian estaba besándola.

Al principio, se quedó quieta, como si captara que él estaba afligido y necesitaba consuelo. Sin embargo, al cabo de unos segundos, el abrazo se estrechó y el beso se convirtió en el de un amante.

Conmocionada, desconcertada y un poco furiosa, pensó en Angie y en sus hijos y lo apartó, aunque una vocecilla le decía que se dejara llevar y se entregara al hombre que amaba. No esperó a que él pudiera hacer nada más y, presa del pánico o temerosa de sus instintos, sólo supo que no podía permitir que volviera a besarla. Se fue precipitadamente a su despacho, recogió el bolso y la chaqueta y, antes de que Brian pudiera reponerse, se marchó de allí.



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