
Se montó en el ascensor con un torbellino en la cabeza, con los ojos irritados por las lágrimas y sin darse cuenta de que había más gente.
– Parece disgustada -le dijo una voz masculina.
Ella miró a un hombre de treinta y tantos años que también estaba en el ascensor, moreno, con ojos grises y al que le iban muy bien las cosas, a juzgar por el traje hecho a medida.
– ¿Qué? -replicó ella algo molesta.
Taryn miró hacia otro lado e inconscientemente se fijó en el lujoso maletín de él. Evidentemente, había ido a ése edificio por algún motivo de trabajo. ¿Trabajaría allí?
– ¿Puedo ayudarla de alguna manera? -insistió él.
– Lo dudo.
El ascensor se paró y ella pudo dar por terminada esa conversación. Salió disparada y se encontró en el coche camino de su casa cuando se dio cuenta de que no quería ir a su casa. Su padre, un científico jubilado, estaba en un mundo propio y quizá no se extrañara de que volviera tan pronto a casa, pero su madrastra, que hacía unos días se había quedado sin otra ama de llaves, tendría un montón de tareas para ella y otro montón de preguntas. A veces, muchas veces, Taryn no la soportaba.
De repente, se dio cuenta de que debía de llevar un buen rato en el coche. Se había tranquilizado poco a poco y había empezado a recuperarse del beso que le había dado Brian. Si bien sus pensamientos seguían algo alterados, empezó a meditar sobre cómo se había escapado de sus brazos. ¿Debería haber reaccionado de otra manera? Quizá. Aunque si lo pensaba bien, ¿qué otra cosa podría haber hecho aparte de marcharse de allí? Si no hubiera amado a Brian, podría haberle dado un empujón, haberle dicho cuatro cosas y no habría pasado nada más.
