Taryn supuso que Jake tenía razón. Él no querría formarla para que llevara su oficina y que se marchara de pronto por un antojo, pero no iba a decirle que Brian la había besado. No sólo le parecía una traición para Brian y su matrimonio, sino creía que ese hombre sofisticado que tenía los ojos grises clavados en ella se moriría de risa.

– Si tengo que decirlo…

Estaba en un punto crítico si quería conseguir ese trabajo. Le diría la verdad y que se fuera al infierno.

– Si tengo que decirlo -repitió ella con tono ofendido-, ¡me enamoré de él!

Lo había dicho. Estaba roja como un tomate, pero lo había dicho.

– Vaya… -Jake Nash se dejó caer contra el respaldo de la butaca-. ¿A su mujer no le importó?

– Su mujer no se enteró. Él tampoco -contestó ella con hastío.

Jake la miró en silencio durante unos segundos interminables.

– Estoy seguro de que hay algo más -afirmó él despreocupadamente y sin dejar de mirarla-. Dígame, señorita Webster, ¿tiene por costumbre enamorarse de todos los hombres que la contratan?

¡Era un mal nacido sarcástico! Evidentemente, se había dado cuenta del afecto que sentía por su tío abuelo. Encima, le había confesado haberse enamorado de su jefe. Taryn se levantó. Supo, sin asomo de duda, que no le daría el trabajo.

– Siempre -contestó ella cuando él también se levantó-. Aunque en su caso, me habría resultado muy fácil hacer una excepción.

A Taryn le pareció una despedida muy buena, pero antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta, Jake Nash, ante su asombro más absoluto, soltó una carcajada. Fue tan inesperado que ella se quedó mirándolo, mirándole la boca que mostraba unos dientes blanquísimos.

– Taryn Webster… -Jake Nash sacudió la cabeza-. Seamos un poco indulgentes -ella seguía mirándolo cuando él extendió la mano derecha-. Te quiero aquí el lunes a las nueve en punto.

Estaba tan atónita que le estrechó la mano y notó, con un leve estremecimiento, la calidez de su piel.



28 из 109