– ¿No es apta para el puesto?

– Creo que podría hacerlo -Kate sonrió-, pero es demasiado evidente que él le gusta.

– Ah… -susurró Taryn-. ¿A él le gusta organizar sus propias cacerías?

– ¡No sabes cuánto! Sin embargo, nunca quedaría con alguien de la oficina. No tiene hueco para ese tipo de enredos en su vida laboral.

Taryn sonrió para sus adentros. Había creído que había tirado por la borda sus posibilidades de conseguir el trabajo cuando le dijo que haría una excepción y no se enamoraría de él.

Kate era quien tenía más relación con él, pero de vez en cuando la llamaba para dictarle algo. Taryn comprobó que había acertado en cuanto a las puertas de su despacho. Una daba al pasillo y la otra daba a un cuarto de baño. Sin embargo, era algo más que un cuarto de baño porque Kate tenía náuseas con cierta frecuencia y Jake le había propuesto que lo usara para que no se descubriera su estado. Una de esas veces, en la que Jake no estaba en su despacho, Kate había salido corriendo hacia allí. Cuando a Taryn le pareció que tardaba demasiado, fue a preguntarle si podía ayudarla y se la encontró demacrada y con la cabeza metida en el lavabo.

– Mi madre no me había avisado de que iba a pasar por esto -se había lamentado.

Taryn la llevó al despacho de Jake.

– Siéntate. Yo me ocuparé de recoger un poco el cuarto de baño.

Kate, agradecida y aturdida, se sentó. Taryn comprobó que Kate había limpiado todo rastro y sólo le quedó poner la toalla en el toallero. Al hacerlo, se fijó en la ducha y en que había un traje oscuro que colgaba de un gancho. Jake siempre se iba el último y estaba claro que esa noche tendría pensado darse una ducha antes de cambiarse para ir a algún acto social, también estaba claro que él tenía asuntos por ahí que no eran de trabajo.

Una vez, cuando llevaba pocos días en su puesto, había contestado una llamada telefónica y había oído una voz muy sensual que preguntaba por el señor Nash.



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