
– ¿Te excitan los uniformes? -preguntó él con sarcasmo.
– Estaba… haciendo un favor a alguien.
– Ya lo sé. Siéntate -le ordenó.
Taryn no podía entender que lo supiera, pero se alegró de poder sentarse.
– ¿Por qué… lo sabes? Es imposible que…
– ¿Vas a discutir conmigo? -preguntó él con impaciencia.
– Nunca me han despedido y no sé cómo debo comportarme -replicó ella ásperamente.
– ¿Quién ha dicho que vaya a despedirte?
– ¿No vas a…?
– Te enterarás cuando lo haga. Según me contó John Buckley cuando lo felicité por el personal, muchos eran trabajadores temporales que había conseguido en la agencia de Hilary Kiteley.
– Ya. ¿Así te enteraste de que…?
– ¿A quién hacías el favor? ¿A la señora Kiteley o a su marido… tu amante?
– ¿Mi amante? -preguntó ella sin salir de su asombro.
– ¿Vas a decirme que Matthew Kiteley no es tu amante?
Podría haberle dicho que Matt era el hijo de la señora Kiteley y que ella era su tía, pero él se había comportado como un bárbaro y no tenía por qué soportarlo.
– Eso no es asunto tuyo.
– Es asunto mío si te pasas todo el día bostezando porque has pasado un fin de semana movidito con él.
¿Bostezar? Taryn, cuando iba a rebatirle con furia, se acordó de lo machacada que había estado el lunes, cuando tuvo que escribir el informe para su tía y casi no pudo dormir.
– La noche anterior había dormido poco… -empezó a decir ella.
– ¡Ahórrate los detalles escabrosos!
– ¡Escucha! -Taryn se levantó hecha un basilisco-. Para tu información, tenía sueño porque estuve hasta primeras horas de lunes mecanografiando un informe urgente…
– Otro trabajo para la misma agencia, claro.
– ¡Sí! No trabajo para esa agencia. Bueno, no normalmente.
– ¿Sólo cuando hay una emergencia? -preguntó él con más condescendencia.
Quizá se hubiera acordado de que su tío abuelo pidió un ama de llaves con urgencia. Aunque ese trabajo temporal duró dos meses…
