
– No puedo… -alcanzó a decir Sophie, y luego calló al ver la mirada de Corbin. ¿Qué más daba? Podía trabajar más horas y despachar los asuntos pendientes. Su padre y su madre no eran lo que se dice jóvenes, y Corbin tenía razón. Las personas eran más importantes que los proyectos, sobre todo esas personas que ella amaba tanto-. ¿Cuánto tiempo? -preguntó.
– Dos semanas.
– ¿Nada de pesca?
– Quizá un poco de pesca submarina. Nunca he llevado a Michael a hacer pesca submarina.
Sophie suspiró.
– Siempre y cuando nos dejes a mamá y a mí quedarnos en cubierta tomando margaritas mientras vosotros estáis en lo vuestro.
– No me importa. Trae a Dave, si puede. Él también necesita un respiro.
– Se lo preguntaré. Pero en este momento está ocupado en un pleito importante y trabaja todo el día. Para él significa unos buenos honorarios.
– Otro adicto al trabajo. -Corbin hizo una mueca-. Ni siquiera sé cómo tuvisteis tiempo para concebir a Michael.
Ella sonrió.
– Siempre queda la hora de la comida.
– No me sorprendería. -Corbin aceleró el paso-. Ahí están tu madre y Michael. Tengo muchas ganas de contarle lo del crucero. -Corbin hizo señas a Mary Dunston y a Michael, que acababan de salir del restaurante y les devolvían el saludo-. Ya verás lo feliz que se pone cuando le diga que vienes con nosotros. Me apostó que no sería capaz de convencerte -dijo, con una mueca-. Si no lo conseguía, le prometí que iría a uno de esos balnearios con ella. Quiere perder unos cuantos kilos.
– No lo necesita.
– Ya lo sé. Está estupenda. -La expresión de Corbin se suavizó mientras miraba a su mujer-. Cuantos más años cumple, más guapa se pone. Yo le digo que no sé por qué me enamoré de ella cuando tenía veinte años. Tenía esa piel tan tersa, sin esas arrugas que da el carácter, y ni un asomo de sabiduría en sus ojos. Ella me pide que deje de decir chorradas. Pero no son chorradas, Sophie.
