– Ya lo sé. -El amor entre su padre y su madre había sido para Sophie una realidad de la vida durante toda su infancia-. Ella también lo sabe.

Michael había echado a correr hacia ellos.

– Abuelo, ¿podemos parar en la galería comercial cuando volvamos a casa? Quiero enseñarte el nuevo videojuego que he encontrado.

– No veo por qué no. Si tenemos tiempo después de cenar.

– Ya era hora de que llegarais -dijo Mary Dunston, que había alcanzado a Michael-. Estoy muerta de hambre, Corbin. ¿Has pescado algo?

– Claro que sí -dijo Corbin-. Dos truchas gigantescas.

– Digamos casi gigantescas -corrigió Sophie.

– Vale -convino Corbin-. Pero de un tamaño considerable, de todas maneras. ¿Has acabado de hacer tus llamadas, Mary?

Ella asintió con un gesto de la cabeza.

– Puede que me den aquellos listados de Palmaire -anunció, y le dio un ligero beso-. Venga, vamos a cenar.

– Enseguida. -Corbin abrió el cesto de la pesca.

– No quiero ver tus famosos pescados -dijo Mary-. Te creo. Son estupendos. Gigantescos.

Él metió la mano en el cesto.

– No pensaba enseñarte los pescados, Mary -dijo.

Del cesto sacó un revólver calibre 38 y le descerrajó un tiro en la cabeza.

– ¿Papá? -Sophie miraba sin creer lo que veía, el cráneo de su madre que se desintegraba. No, aquello tenía que ser una broma pesada muy exagerada. No podía ser…

Pero no era una broma. Su madre se había desplomado y yacía en el suelo en medio de un charco de sangre.

Corbin se giró y apuntó a Michael con la pistola.

– ¡No! -Sophie se lanzó hacia delante para situarse entre los dos cuando su padre apretó el gatillo.



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