Hacía pocos meses, Fáelán, rey de Laigin, había muerto a causa de sus estragos. La peste seguía sin remitir. La plaga había dejado infinidad de niños huérfanos por todo el país, que habían quedado desamparados y hambrientos. Algunos miembros de la fe, como el abad Ultan de Ardbraccan, habían reaccionado estableciendo orfanatos y luchando contra la peste, mientras que otros, como Colman, el principal profesor del colegio de san Finnbarr en Cork, se había llevado a sus cincuenta alumnos y había huido a alguna isla remota para intentar escapar de la plaga. Fidelma estaba bien enterada de los estragos de la peste amarilla.

– ¿Por eso me has llamado? -preguntó la muchacha-. ¿Porque nuestro primo se está muriendo?

Colgú sacudió la cabeza rápidamente en señal de negación.

– El rey Cathal me mandó que enviara a alguien a buscarte antes de sucumbir a las fiebres de la peste. Ahora que él no puede informarte, me toca a mí hacerlo.

Se acercó hasta ella y la tomó por el codo.

– Pero primero has de descansar de tu viaje. Luego habrá mucho tiempo para eso. Ven, he ordenado que te preparen tu antigua habitación.

Fidelma intentó reprimir un suspiro de impaciencia.

– Me conoces muy bien, hermano. Sabes que no voy a descansar mientras quede un misterio por explicar. Me pica la curiosidad. Ven, explícame qué es este misterio y luego descansaré.

Colgú estaba a punto de hablar, pero se oyeron unas voces al otro lado de la puerta. Se oyó un ruido de pelea y, mientras Colgú se dirigía hacia la puerta para preguntar qué sucedía, ésta se abrió de repente y se encontró con Forbassach de Fearna justo bajo el marco. Tenía la cara roja y respiraba pesadamente con esfuerzo.

Detrás de él estaba el joven soldado Cass frunciendo el ceño con ira.

– Perdonadme, señor. No he podido detenerlo.



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