Fidelma sonrió con malicia al tomar la copa y alzarla.

– Sin duda. Pero brindemos por los tiempos mejores que vendrán.

– «Amén», hermanita -contestó Colgú.

Fidelma sorbió del vino saboreándolo.

– Hay mucho de que hablar, hermano -dijo-. Han pasado muchas cosas desde que nos vimos por última vez. Ciertamente, yo he viajado a muchos lugares: a la isla de Colmcille, a la tierra de los sajones e incluso a la misma Roma. -Hizo una pausa al darse cuenta de repente de que los ojos de su hermano reflejaban un estado preocupado y de ansiedad-. Pero todavía tienes que responder a mi pregunta… ¿Por qué hay este aire de melancolía en el palacio?

Vio que su hermano fruncía el ceño e hizo una pausa.

– Siempre eras aguda en tus observaciones, hermanita -dijo él con un suspiro.

– ¿Qué pasa, Colgú?

Colgú estuvo dudando unos momentos y luego hizo una mueca.

– Me temo que no has sido requerida para una reunión familiar -confesó amablemente.

Fidelma se lo quedó mirando, esperando que su hermano se explicara. Como no fue así, continuó.

– No creía que fuera para eso. ¿Qué sucede?

Colgú miró a su alrededor casi furtivamente, como para asegurarse de que nadie escuchaba a escondidas.

– El rey… -empezó-. El rey Cathal tiene la peste amarilla. Yace en su lecho a las puertas de la muerte. Los médicos no le dan mucho tiempo de vida.

Fidelma parpadeó; sin embargo, en su fuero interno, no estaba muy sorprendida por la noticia. Desde hacía dos años la peste amarilla se extendía por toda Europa, diezmando la población. Decenas y miles de personas habían muerto a causa de su virulencia. No había perdonado ni al campesino más pobre, ni al obispo más pagado de sí mismo, ni siquiera a los orgullosos reyes… Hacía tan sólo dieciocho meses, cuando la peste había llegado por primera vez a Éireann, los Reyes Supremos de Irlanda, Blathmac y Diarmuid, habían muerto con días de diferencia en Tara.



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