
La mujer parpadeaba cuando la lluvia fría le salpicaba el rostro; era tan helada que llegaba a producirle dolor. Su rostro era joven, atractivo sin llegar a ser bello, y unos mechones rebeldes de cabello pelirrojo se le escapaban por debajo de la capucha de la capa y le cruzaban la ancha frente. Su piel pálida era ligeramente pecosa. Sus ojos reflejaban el color de los cielos sombríos y parecían grises, pero, cuando el relámpago brilló en ellos, descubrieron un leve fulgor verde. Cabalgaba con agilidad juvenil y controlaba firmemente al animal inquieto con su cuerpo alto. Examinándola de cerca, se habría visto que llevaba un crucifijo de plata colgando del cuello y que, bajo la capa y la capucha de montar, se ocultaba un hábito de religiosa.
Sor Fidelma, de la comunidad de Santa Brígida de Kildare, llevaba esperando la llegada de aquella tormenta durante varias horas y no le había sorprendido su estallido aparentemente repentino. Hacía rato que veía los signos. Mientras iba avanzando había observado que las copas de los pinos se acercaban unas a otras, que los pétalos de las margaritas y de los dientes de león se ocultaban y que los tallos de los tréboles del prado se hinchaban. Todo revelaba a su mirada observadora y aguda la llegada de la lluvia. Incluso la última golondrina, que se preparaba para desaparecer de los cielos de Éireann durante los meses de invierno, se había mantenido cerca del suelo; una indicación clara de que amenazaba tormenta. Por si fueran necesarias más señales, al pasar por la cabaña de un leñador en el bosque que quedaba a su espalda, había visto que el humo del fuego descendía en lugar de elevarse en espiral; caía y se arremolinaba alrededor de la construcción, y luego se dispersaba en el aire frío. La mujer sabía por experiencia que el humo que se comporta de tal manera siempre indica que va a llover.
Estaba totalmente preparada para la tormenta, aunque no para su ferocidad. Se detuvo un momento y se preguntó si le convendría regresar al interior del bosque y buscar abrigo allí hasta que el chaparrón amainara.
