
Aquel espectacular montículo era su objetivo; un gran crestón de roca caliza que se elevaba doscientos pies y dominaba la llanura en todas las direcciones. Se levantaba de manera escarpada y de vez en cuando el relámpago recortaba su silueta. Fidelma sintió una opresión en la garganta al contemplar aquellos lugares familiares. Observó las construcciones fortificadas que dominaban aquella fortaleza natural (Cashel, sede de los reyes de Muman, el mayor de los cinco reinos de Éireann. Era donde había nacido y pasado su niñez).
Al ir avanzando con la cabeza inclinada contra el viento salvaje y racheado que la empapaba de lluvia, sintió una curiosa mezcla de emociones. Le excitaba la idea de ver a su hermano Colgú, después de varios años de ausencia, pero también experimentó una cierta ansiedad al pensar en por qué le había tenido que enviar un mensaje pidiéndole que abandonara la comunidad de Kildare y se apresurara en llegar a Cashel con suma urgencia.
Durante todo el viaje, las preguntas iban asaltando su mente, aunque posiblemente no pudiera encontrarles respuesta. Se había reprendido varias veces por perder tiempo y energía en eso. Fidelma había sido educada en una antigua disciplina. Recordó el consejo de su primer maestro, el brehon Morann de Tara: «No coloques los huevos sobre la mesa antes de haber ido a visitar a la gallina». No tenía sentido preocuparse de la respuesta de un problema antes de saber las preguntas que había que hacerse.
