
– Mierda -murmuró y miró hacia el oeste, más allá de la bahía, hacia el mar abierto. Debía marcharse. Para siempre. O… cumplir con sus amenazas y acabar con todo. Simplemente saltar al agua helada y respirar profundamente. Eso les enseñaría. O debía tomarse otra copa… pero primero… necesitaba deshacerse del anillo. Desplazó el brazo hacia detrás con todas sus fuerzas, y tiró el asqueroso diamante tan lejos como pudo. Su cuerpo golpeó contra la baranda por el impulso, a la vez que escuchó un plop del endemoniado anillo de compromiso al zambullirse en la profundidad la bahía-. Que se pudra -murmuró Harley, poniéndose recto a la vez que le pareció notar, más que ver, a alguien en el barco.
Se volvió rápidamente, pero estaba solo. Nadie había subido a bordo. No quedaba nadie en el muelle. Se trataba de su mente jugándole una mala pasada. La calurosa noche de verano le estaba afectando. Incluso la brisa procedente del Pacífico era más calurosa de lo normal tratándose de un verano en Oregón.
Otro ruido. Provenía del muelle. El miedo le recorrió la columna vertebral. Echó un vistazo pero no vio a nadie bajo las luces que colgaban de las viejas maderas. Estaba solo. Alejado del desagradable viejo que dormía en la oficina del puerto y de la gente que escuchaba algún viejo disco de los Eagles. Estaba nervioso. Demasiadas emociones y bebida. O no la suficiente.
Por el rabillo del ojo vio movimiento. Volvió la cabeza a tiempo para ver un gato esquelético deslizándose por un farol.
«Contrólate. Estás perdiendo el control, hombre. O te tiras al agua y terminas con todo, o te vuelves al camarote y acabas con todo el licor que el viejo tiene allí. Hay un quinto de Black Velvet que lleva tu nombre.»
Dio un paso hacia el camarote y fue cuando la vio: una imagen rápida de una mujer deslizándose entre las sombras.
