Se le pusieron los pelos de la espalda de punta. ¿Claire había vuelto? ¿Se había pensado mejor su insensible decisión de dejarle? Bueno, ya era tarde, joder… pero… había algo raro en ella. No parecía estar todo como debería. O quizás el champán no le dejaba pensar con claridad. Parpadeó y la mujer pareció haber desaparecido. Pero podía presentir algo. Sentía sus ojos, sus malditos ojos escondidos en algún sitio. Quienquiera que fuese parecía estar acostumbrada a moverse sigilosamente y a esconderse entre las sombras. Se trataba de alguien a quien le encantaba espiar. Alguien que no estaba del todo bien. Alguien como su hermana.

Tragándose su miedo, dio un tímido paso hacia la proa, acercándose con cuidado a la baranda.

– ¿Paige? -la llamó, intentando parecer más tranquilo de lo que estaba-. ¿Eres tú? Sal aquí afuera.

Alguien se movió como un rayo por uno de los lados. Harley se volvió rápidamente y vio elevarse una mano que llevaba un guante.

– ¿Qué demonios…?

¡Bum!

– Muere, cabrón -gruñó una diabólica voz.

Harley vio caer una piedra.

Antes de que pudiera moverse, le golpeó.

¡Bum!

El dolor le invadía el cráneo.

Luces blancas le centelleaban detrás de los ojos.

Harley se tambaleó hacia atrás. La sangre le caía por los ojos y el miedo corría por su espina dorsal. Las caderas le golpearon contra la baranda e intentó agarrarse, pero era demasiado tarde. Salió por encima de la brillante baranda y empezó a caer… a caer.

¡Pum!

Chocó contra el muelle con la parte trasera de la cabeza.

El dolor en la cabeza era insoportable. Empezó a tener convulsiones. Se movió a ciegas en el agua, tocando a su alrededor, buscando algo a lo que poder agarrarse. Tocó el lateral del bote de su padre con los dedos, pero perdió el contacto y empezó a hundirse en el agua helada.

«Vas a morir. Ahora mismo… ¡Pelea, Harley, pelea!»



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