– ¡Basta ya! -Colocó los camisones en una caja, junto a los calcetines-. No hace falta hablar así.

– ¡Joder! Hay un montón de razones. Admítelo. Es por eso por lo que al final te has divorciado de papá después de tantos años de separación, ¿no? ¡Lo sabías! -La cara se le puso roja, tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque no acababan de caer-. Lo sabías y no me lo dijiste.

La furia y la humillación consumieron a Claire. Caminó hacia la puerta, la cerró y el cerrojo hizo un suave clic.

– Samantha sólo tiene doce años. No hace falta que sepa que su padre…

– ¿Por qué no? -le preguntó Sean, inclinando la barbilla-. ¿Crees que no ha oído hablar a todos nuestros amigos de nuestras cosas? ¿De todos nuestros asquerosos secretos? -Sonrió sin ninguna gana y luego sacudió la cabeza-. Oh, sí, no se ha enterado de nada, ¿no? Qué suerte tiene. No tiene que escuchar a nadie decir que su padre es un violador pervertido.

– ¡Es suficiente! -gritó Claire; su voz se ahogaba a la vez que empujaba con fuerza el segundo cajón de la cómoda, cerrándolo de golpe-. ¿Crees que no me importa? Era mi marido, Sean. Sé que estás dolido, avergonzado y apenado, pero yo también me siento así.

– Así que estás huyendo. Como un perro cobarde con el rabo entre las piernas.

Era tan cínico para ser tan joven… Le agarró por los hombros, clavándole los dedos en los músculos, con la cabeza inclinada hacia atrás para poder ver bien su joven rostro enfadado.

– ¡No me vuelvas a hablar así nunca más! Tu padre ha cometido fallos, muchos y… -Vio la mirada de dolor en Sean y algo dentro de ella se resquebrajó, el muro frágil que había intentado mantener en pie-. Oh, Sean. -Abrazó el cuerpo rígido del insensible chico. Quería romper a llorar. Pero desmoronarse no serviría de nada. Susurró-: Cariño, lo siento mucho. Mucho.

Sean permanecía inmóvil en sus brazos, como una estatua que no se atrevía a devolverle el abrazo. Lentamente Claire le soltó.



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