Qué equivocada había estado. Cerró de un golpe el cajón vacío y siguió vaciando el siguiente con aires de venganza. Cuanto antes saliera de aquella habitación, de su casa, de aquella maldita ciudad, mejor.

De pie, Sean no dejaba de moverse y de meterse las manos en los bolsillos traseros del pantalón tan llenos de cortes que casi dejaban al descubierto sus delgadas caderas.

– Odio Oregón.

– Es un estado muy grande. Demasiado terreno para que lo odies todo.

– No me quedaré.

– Claro que sí -continuó ella, pero detestaba el sonido de determinación en su voz-. El abuelo está allí.

El chico hizo un sonido de disgusto y desprecio.

– Podría tener un trabajo allí.

– Como profesora suplente. Estupendo.

– Lo es. No podemos quedarnos aquí, Sean. Ya lo sabes. Podrías adaptarte -se miró en el sucio espejo, donde podía ver el reflejo de su hijo, alto y musculoso, con algo de vello que empezaba a aparecerle en el labio superior y la barbilla. Su rostro tenía una actitud desafiante, muy diferente a la de dulzura de años atrás. Empezaba a tener la apariencia fuerte y dura de un hombre.

– Todos mis amigos están aquí. Y Samantha, ¿qué pasa con ella? Ni siquiera entiende lo que está pasando.

– Yo tampoco, hijo mío. Yo tampoco. Se lo explicaré algún día.

Resopló en señal de desconfianza.

– ¿Y qué le vas a decir, mamá? ¿Que el monstruo de su padre se tiraba a una chica sólo unos años mayor que ella? -La voz de Sean se convirtió en un susurro severo y desafiante-. ¿Qué se estaba follando a mi novia? -Se señaló el pecho con el dedo pulgar-. ¡A mi jodida novia!



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