
– Estabais gritando. -La mirada preocupada de Samantha recorría a su madre y a su hermano.
– Qué va.
– Os he oído.
«Ahora no. No puedo aguantar esto ahora.»
– Sean no se quiere mudar -explicó Claire, metiendo enfadada un bolso en la bolsa con cosas que iban a donar al Ejército de Salvación-. No quiere dejar a sus amigos.
– Todos sus amigos son imbéciles y fuman porros.
Sean se incorporó de golpe.
– ¡Tú no tienes ni idea!
– La madre de Benjie North encontró su alijo escondido en una caja de cartas, en su habitación. Marihuana y hachís y…
Claire miró a Sean. Sus peores sospechas se confirmaban. Apenas podía respirar. Tenía los dedos sujetando la tira de un segundo bolso.
– ¿Es verdad?
– Fue una trampa.
– Una trampa. ¿De quién?
Hubo una pausa. Un momento de duda.
– De su hermano mayor -mintió Sean-. Max metió su mercancía en la habitación de Benjie para esconderla de sus padres. Benjie no hizo nada. Lo juro. -Echó una severa mirada a su hermana. La tensión podía palparse en el ambiente.
– Max sólo tiene diecisiete años.
– Puedes drogarte a cualquier edad, mamá.
– Lo sé. -Dejó el bolso que estaba sujetando- Eso es lo que me preocupa.
– ¿Te preocupa?
– ¿Y qué hay de ti, Sean?
– ¡Yo no he hecho nada! -sus ojos tenían una actitud desafiante.
Samantha iba a decir algo, lo pensó mejor y cerró la boca.
Sean tragó saliva.
– Bueno, sólo cigarrillos y algo de tabaco de mascar, pero ya lo sabías.
– Sean…
– Está diciendo la verdad -dijo Samantha, mirando a su hermano.
