– ¡Cuidado! -«No. No. No.»

– Oye, niña, mira por dónde vas -contestó enfadado el conductor, con un cigarrillo en los labios.

Claire tenía el corazón a punto de salirsele por el miedo. Extendió la mano y corrió por delante del vehículo.

– Pero qué demonios…

– Samantha, espera, por favor -gritóClaire, pero Samantha ni la miró.

– ¡Jodidas idiotas!

El camión se puso de nuevo en marcha con un estruendo.

A Claire le costaba respirar. Alcanzó a su hija una manzana más allá del parque. El sol quemaba y cegaba al reflejarse en los coches que había aparcados junto a la acera, a lolargo de la calle. Por las mejillas coloradas de Claire corrieron las lágrimas.

– Oh, cielo -susurró Claire-. Lo siento.

– Deberías habérmelo contado -replicó Samantha.

– No sabía cómo.

– ¡Le odio!

– No, no puedes odiar a tu padre.

– ¡Sí! Le odio. -Tragó saliva, y cuando Claire quiso acercarse más a ella, le dio un empujón-. Y a ti también te odio.

– Oh, Sami, no…

– ¡No me llames así! -dijo casi gritando.

Claire se dio cuenta de que Paul siempre la llamaba así.

– De acuerdo.

Respirando con dificultad, Samantha se frotó los ojos con las manos.

– Me alegro de que nos mudemos -dijo, parpadeando con rapidez-. Me alegro.

– Y yo también.

– ¡Oh, no! -de repente la cara se le puso blanca.

Se volvió de golpe, mirando hacia la dirección opuesta, intentado evitar el temblor de su cuerpo. Claire echó una mirada y vio a Candi Whittaker, una niña delgada, de cintura diminuta y pechos indecentes para una niña de doce años. Paseaba calle arriba con otra niña que Claire no conocía. Cuando vieron a Samantha y a su madre, ambas niñas se quedaron mirándolas, con la sonrisa en la cara, y comenzaron a susurrar. Claire hizo de escudo con su cuerpo, tapando lo que podía de su hija, esperando hasta que las niñas tomaron un camino que llevaba a las pistas de tenis. Una vez allí, miraron por encima de sus pequeños y rígidos hombros.



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