Dos familias pedían una niñera interna. Uno de los anuncios exigía experiencia con bebés y el otro mencionaba a un niño en edad preescolar. En ambos casos, según decían, la madre trabajaba fuera de casa. ¿Qué clase de persona abría la puerta a alguien sin más méritos que saber leer? Las mujeres habían perdido el sentido común. Se comportaban como si estuvieran por encima de la maternidad, como si ésta fuera una tarea trivial que podía delegarse en la primera desconocida que cruzase la puerta de la calle. ¿Acaso no contemplaban la posibilidad de que un pederasta consultase el periódico por la mañana y se instalase cómodamente con su nueva víctima al final del día? Toda esa atención dedicada a las referencias y los controles de antecedentes era absurda. Esas mujeres estaban desesperadas y recurrían a cualquiera con buenos modales y una presencia medianamente aceptable. Si Solana hubiera tenido intención de trabajar largas jornadas por poco dinero, ella misma se habría presentado a alguno de esos empleos. En sus circunstancias, aspiraba a algo mejor.

Debía pensar en Tiny. Los dos compartían el modesto apartamento desde hacía casi diez años. Su hijo era objeto de muchas discusiones entre sus hermanos, que lo consideraban un muchacho consentido, irresponsable y manipulador. Su nombre real era Tomasso. Después de traer al mundo a un bebé de seis kilos, Solana sufrió una infección en sus partes íntimas, que puso fin tanto a su deseo de tener más hijos como a su capacidad de dar a luz. Era una preciosidad de bebé, pero el pediatra que lo examinó al nacer dijo que era deficiente. Solana no recordaba ya el término exacto que el médico empleó y, en todo caso, no dio la menor importancia a sus agoreras palabras. A pesar del tamaño de su hijo, su llanto era débil y lastimero. Era un niño apático, lento de reflejos y con escaso control muscular. Tenía dificultades para mamar y tragar, lo que le causó trastornos nutricionales. El médico le dijo que el niño estaría mejor atendido en una institución, donde lo cuidarían personas habituadas a los niños como él. Ella se negó en redondo. El niño la necesitaba. Era la luz y la alegría de su vida y, si tenía problemas, ya encontraría ella la manera de afrontarlos.



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